jueves, 22 de octubre de 2009

El portal

Estaba solo en la sala cuando sucedió. Todo el sitio se llenó de una luz intensa, algo como una especie de puerta giratoria se formó frente a mí y me absorbió, era un portal hacia otra dimensión en tiempo y espacio.

Viajé por un túnel de luz, el cual se disipó lentamente, y me encontré en un lugar semidesértico, con muchas personas vistiendo túnicas y sandalias, a lo lejos se escuchaba alguien hablando. Me abrí paso entre la multitud y puede sentarme en primera fila en la falda de aquel monte.

¿Sería EL?, …escuché la enseñanza

“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:3)

Las palabras seguían fluyendo, yo me quedé pensativo meditando en las citadas.

¿Pobre?, ¿qué tipo de pobre?,… un viejo amigo se acercó y me dijo:

-El quiere decir aquellos que se consideran muy pobres, mendigos, que poseen absolutamente nada, que solo pueden levantar su mano para pedir limosna, en sentido espiritual.

-Es decir que no incluye a aquellos que “nunca han robado y nunca han matado”, o “que no le han hecho mal a nadie”, o que son muy moralistas. Vaya, es solo para aquellos que entienden que no pueden llevar cosa alguna ante Dios, solo su culpa para ser perdonados. Voy entendiendo, ¿y cuál es su recompensa?

-El reino de los cielos significa aquí la completa salvación, todas las bendiciones espirituales y materiales que resultan cuando Dios es Rey en nuestros corazones, y se le reconoce y obedece como tal.

-Hummm, profundo.

Desee postrarme ante el Maestro, y así lo hice, le di las gracias por su enseñanza, por su misericordia para conmigo y allí le adoré.

De repente, se abrió de nuevo el portal, el túnel de luz, y me encontré nuevamente en la sala de mi casa.

Wao!!!, que devocional, cerré mi Biblia, coloqué a mis “viejos amigos”, los comentaristas, en el librero y salí a trabajar contento, sabiendo que gane mucho o poco, el reino de los cielos es mío; SOY UN PRINCIPE!!!.

Parece cuento, pero es mas real de lo que imaginas (Inténtalo).


Por Enrique Crespo

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